El "De" en los Apellidos: Cuando la Historia se Sacrifica por la Retórica Política

Por Dave Harris
Coach holístico, representante del Colectivo Nacional de Mujeres por la Igualdad y de Unión Mundial LATAM: La Infancia Primero

Cuando la mandataria presidencial Claudia Sheinbaum omitió deliberadamente el "de Domínguez" al mencionar a Josefa Ortiz durante el Grito de Independencia, no solo modificó un nombre histórico: redujo siglos de evolución cultural compleja a una narrativa política simplista que merece un análisis más riguroso.

La historia real del "de" en los apellidos revela una complejidad fascinante que trasciende las interpretaciones reduccionistas del feminismo radical contemporáneo. Desde el siglo XII, las familias nobles españolas comenzaron a combinar sus patronímicos con topónimos para identificar linajes y procedencias geográficas: los Núñez de Lara, los Rodríguez de Guzmán, los Fernández de Castro. No se trataba de dominación patriarcal, sino de un sistema sofisticado de identificación territorial y social.

Esta tradición persiste incluso hoy. El hecho de que mi familia posea una modesta parcela en las Tierras Altas escocesas me otorga técnicamente el derecho al título de Lord David Harrison de Glencoe, mientras que mi esposa puede usar el de Lady. Esta costumbre ancestral ilustra perfectamente cómo el estatus histórico se fundamentaba en la conexión con la tierra, no en la subjugación femenina. Las mujeres medievales españolas, contrario a lo que sugiere la interpretación presidencial, conservaban sus apellidos originales tras el matrimonio, una práctica considerablemente más progresista que la tradición anglosajona de la época.

Aquí surge el primer problema con la narrativa de Sheinbaum: Josefa Ortiz se casó en 1791, precisamente durante el período de transición cultural entre las costumbres coloniales y las republicanas. Los estudios académicos serios demuestran que el "de" matrimonial femenino no es una reliquia medieval machista, sino un fenómeno del siglo XVIII tardío y principios del XIX. Durante la Colonia, las mujeres mantenían sus apellidos de solteras. El uso del "de" conyugal emergió como parte de los cambios socioculturales que acompañaron los movimientos independentistas y la modernización republicana.

La presidente Sheinbaum, al presentar esto como evidencia de "opresión patriarcal histórica", comete el mismo error analítico que critica brillantemente el psicólogo Jordan Peterson: tomar un pequeño substrato de la realidad y usarlo para caracterizar todo un sistema social. Si realmente viviéramos bajo la "tiranía patriarcal" que describe, ¿cómo explicamos que la mayoría de personas sin hogar sean hombres? ¿Que la mayoría de víctimas de crímenes violentos sean hombres? ¿Que los hombres mueran más jóvenes, se suiciden en mayor proporción y tengan peor rendimiento académico? ¿Que las mujeres ya superen a los hombres en educación superior y ocupen posiciones de liderazgo político como la propia presidencia?

La realidad histórica es que hombres y mujeres han cooperado durante milenios para enfrentar las verdaderas tiranías: la muerte prematura, el hambre, las enfermedades, las condiciones de vida precarias. Reducir esta colaboración épica a una narrativa de "dominación masculina" no solo es históricamente inexacto, sino profundamente ingrato hacia las generaciones que construyeron la civilización que permite que una mujer dirija México desde Palacio Nacional.

Nuestras sociedades occidentales modernas funcionan fundamentalmente como jerarquías de competencia, no de poder tiránico. Cuando contratas un plomero, probablemente masculino, no lo haces porque bandas de opresores patriarcales te obliguen, sino porque buscas la mejor competencia disponible. Cuando una mujer asciende profesionalmente, lo hace por sus capacidades, no por concesiones de un supuesto patriarcado benevolente. Si existiera tal sistema de dominación masculina, las mujeres no tendrían acceso a educación, independencia económica, derechos legales plenos, ni muchísimo menos a la presidencia de la República.

El problema del reduccionismo ideológico que ejemplifica la declaración presidencial es que empobrece dramáticamente nuestro entendimiento de la realidad social. Cuando todo se filtra a través del lente binario de "opresores masculinos" contra "víctimas femeninas", perdemos la capacidad de reconocer los desafíos únicos que enfrentan ambos géneros, celebrar los logros compartidos de nuestra civilización, construir soluciones colaborativas para problemas reales y educar con precisión histórica a las nuevas generaciones.

El radicalismo, sea de derecha o izquierda, nunca ha sido favorable para sociedades prósperas. La polarización de género que emerge en ciertos discursos políticos actuales nos aleja de conversaciones necesarias sobre cómo fortalecer las familias, crear oportunidades genuinamente equitativas, enfrentar desafíos sociales concretos y construir una sociedad donde cada persona pueda desarrollar su potencial sin limitaciones artificiales.

Honrar a figuras históricas como Josefa Ortiz de Dominguez no requiere distorsionar la historia ni manufacturar narrativas de victimización anacrónicas. Su grandeza como prócer de la Independencia se sostiene por sus acciones extraordinariamente valientes, su inteligencia estratégica y su compromiso con la libertad, no por la política contemporánea de apellidos. Convertir su legado en un arma de división de género es, paradójicamente, reducir su verdadera dimensión histórica.

Como sociedad madura, merecemos líderes que nos eduquen con rigor histórico y nos inspiren hacia la colaboración constructiva, no hacia divisiones artificiales basadas en interpretaciones selectivas del pasado. El progreso auténtico surge del entendimiento mutuo, el trabajo conjunto y el compromiso compartido con la verdad, no de la perpetuación de antagonismos fundados en distorsiones ideológicas.

La verdadera igualdad, esa por la que vale la pena luchar, se construye desde el conocimiento riguroso, la empatía genuina y la búsqueda honesta del bienestar común. Ese legado de colaboración y búsqueda de la verdad es lo que realmente deberíamos honrar en memoria de quienes, como Josefa Ortiz, arriesgaron todo por un futuro más libre y justo para todos los mexicanos.


Dave Harris es coach holístico y representante del Colectivo Nacional de Mujeres por la Igualdad y de Unión Mundial LATAM: La Infancia Primero.

2 comentarios sobre “El "De" en los Apellidos: Cuando la Historia se Sacrifica por la Retórica Política

  1. Alejandra González dice:

    que acertado su artículo, ojalá lo leyeran y entendieran muchas mujeres que se dicen "progresustas" o "feministas", mi madre al quedar viuda firmaba como Sra. Xxxx VIUDA DE GONZALEZ, nunca lo sintió como opresión sino como homenaje a su marido fallecido

  2. Malena Cruces dice:

    Cuando estuve casada use el DE y el apellido de mi esposo y nunca fui o me sentí una persona oprimida, ni propiedad de nadie.
    Eso que hizo la presidente va alineado a la agenda 2030, haciendo uso de la ingeniería social para cambiar lo blanco en negro y así poco a poco hacer de la sociedad una manada de borregos. Mentira que sea para favorecer o proteger a la mujer

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